Cultura libre, cultura popular y otras preguntas

Sursiendo hilos sueltos

Remix de aportes e ideas sobre cultura, autoría, propiedad y remuneración

Dándole vueltas a lo de la restauración del Ecce Homo de la iglesia de Borja (España) por Cecilia Giménez nos preguntamos si según la tendencia privatizadora vigente: ¿aplican los derechos de autor en este caso?

Después de ser noticia mundial, esta recreación artística de la anciana aragonesa ha tenido miles de réplicas, copias y remixes y están haciendo que esa iglesia se llene de miles de visitantes. Entonces podemos decir que forma parte ya de la cultura popular, y es cultura libre ¿o no?

El proyecto de arte colaborativo Wallpeople recientemente realizó una exposición colectiva en Barcelona con reinterpretaciones del Ecce Homo de Borja, como un homenaje a la autora. Es una prueba más de la conexión calle-Internet-calle para propiciar procesos de cultura colectiva, encuentros y diálogos de nuevo cuño, más allá de anquilosadas estructuras culturales.

Otro de los millones de ejemplos es el de nuestros amigos de El abordaje de las ideas, un proyecto documental sobre “el mundo del comercio informal callejero, en lo relacionado al mundo del cine” en la ciudad de México. Según se adentran están encontrando joyas en puestos (que en sí ya son auténticas joyas para cinéfilos) como recreaciones populares y diseños creativos propios (Kill Bill 3 o Avatar 2, por ejemplo) y se preguntan acertadamente “¿de dónde viene ese cine, quién esta detrás, por qué esta gente sabe mucho más de cine que cualquier dependiente joven y moderno que trabaje en la sección de cualquier gran cadena de distribución de cultura empaquetada? ¿cómo puede ser que México esté entre los cinco países con mayor mercado pirata del mundo así como estar en el ranking de los cinco países con mayor número de espectadores en salas de cine?” El propio proyecto es colaborativo, replicante y co-creativo.

En MusicLeft, desde su sector, sienten “que las creaciones deben fluir por el mundo libremente, acercando el acceso a la sabiduría a todo el mundo, lográndose de esta manera una igualdad de oportunidades sin discriminación de ninguna clase, y que sirven para fomentar las nuevas ideas, pensamientos además de obras culturales y artísticas.”

¿Gutenberg agoniza?

Sin duda estamos entrando en una nueva era que se puede llamar sociedad P2P, sociedad-red, u otros nombres que se usan para calificar este cambio de rumbo radical.

Según Alejandro Piscitelli, la era de Gutenberg (la aparición y desarrollo de la imprenta) ha durado unos quinientos años, pero han sido un paréntesis que ahora se está quebrando. La cultura Gutenberg sacralizó el libro cerrado, inmutable, autoritario, estable, el concepto de autor, la lectura individual, la jerarquía de la cultura (unos enseñan y otros aprenden). Según el pensador argentino, la imprenta fosiliza y hace inmutable lo que antes de su invención era mutable (tradición oral, recreación, autoría anónima y colectiva). Hemos vivido medio milenio de la hegemonía de Gutenberg y no se resiste a irse tan fácilmente: plantea, acorralado, una guerra cultural.

En la cultura P2P, por el contrario, el aprendizaje no es jerárquico (no hay profesores que enseñan y alumnos que aprenden), no va de arriba abajo sino de abajo arriba, es mutable, es colectiva, es una cultura libre que define otra arquitectura de participación; el conocimiento se organiza en las redes sociales que son comunidades no jerárquicas que se organizan en red y se intercomunican permanentemente. No hay un objeto sagrado e inmutable llamado “conocimiento”. De alguna manera vuelve a fundamentos de la cultura anterior a Gutenberg, aunque pretende reescribirla y hacerla nueva. La cultura digital no diferencia entre la “alta cultura” y la “baja cultura”. Supone en realidad una guerra entre lo pretendidamente eterno (Gutenberg) que quiere ralentizar lo nuevo, y lo nuevo que busca acabar con lo eterno.

¿Qué es crear?

Puestos a pensar: “¿pertenecen las ideas realmente al supuesto creador? En la cultura de la tradición oral los cuentos son obras inacabadas y la obra del autor es sólo su versión, que el siguiente narrador puede tomar y cambiar. El concepto de autor tal como se conoce en la actualidad, no sólo como creador, sino también como «poseedor y dueño» de su obra es un concepto moderno que, en realidad, como muchos otros conceptos, viene impulsado por las clases que no crean, pero que sí se aprovechan de la creación”, según aporta Mar Rodríguez. Las ideas no son propiedad de la persona que cataliza los elementos para forjar una idea “nueva” porque las ideas de las que partió, en consecuencia, también tendrían dueño. Si no son propiedad del autor, ¿cómo es que entonces hay que pagar por ellas? ¿Acaso reciben algo los pájaros por volar o las manzanas por caerse de los árboles (¡ah, Newton y la gravedad!)?

Dice David Casacuberta en su libro Creación Colectiva. En internet el creador es el público: “Las fronteras entre artista, productor y espectador se van difuminando. La digitalización permite apropiarse y reciclar todo tipo de materiales culturales para reaprovecharlos en otras obras, poniendo en crisis el concepto de autor.”

Por su parte,  Jose A. Pérez en su texto El privilegio de crear hace una aportación personal, con mucha mucha ironía: “Mi madre era agente de aduanas y mi padre regentaba un videoclub. Ahora ambos están jubilados. En mi niñez y adolescencia asistí a dos crisis sectoriales, una detrás de otra: la apertura de las fronteras mercantiles europeas (que afectaba directamente al sector aduanero) y el declive del vídeo. No fueron crisis pasajeras; ni volverían a Europa las rígidas aduanas del pasado ni volvería el esplendor del VHS. Así que mis padres tuvieron que reinventarse. Yo tengo la suerte de trabajar en eso que llaman industria cultural. Veréis, cuando uno escribe un guión, acuerda un pago con la productora en un proceso idéntico al que sigue cualquier proveedor en cualquier industria. Y cuando el trabajo se entrega, se cobra. Punto. ¿Punto? Pues no. Porque los trabajadores de la cultura tenemos ciertos privilegios. Por ejemplo, cobramos por la difusión de nuestra obra. ¿Y eso por qué? Porque somos creadores. Somos seres sensibles que ponemos nuestra sangre y nuestro sudor sobre el papel, sobre las tablas, quemamos con nuestra alma el celuloide (o el disco duro, depende de cómo ruedes). Los creadores tenemos un universo moral que el resto no puede comprender…”

¿Propiedad privada?

Desde el siglo XVI en Europa se comienzan a expropiar y cercar las tierras comunales, surgiendo así la propiedad privada de la tierra (intensificándose en el siglo XVIII), lo que obligó a miles de personas a migrar del campo a la ciudad. Esto les empujó forzosamente a vender su fuerza de trabajo en la naciente industria que necesitaba mano de obra. Mientras, las tierras quedaban en unas pocas manos, lo que Marx llama la acumulación originaria, de donde nacería el capital de los grandes dueños industriales. También por esta época “se empezó a popularizar el papel moneda, desplazando poco a poco a las monedas de oro y plata. Y finalmente, se apuntala la construcción del actual sistema de propiedad intelectual -copyright en el mundo anglosajón-.”, como nos aclara DGA (Comunes y Cultura Libre).

Cory Doctorow en su artículo “You Can’t Own Knowledge” (que recoge Marianne Díaz Hernández en Copiar, pegar, crear) señala: “Tratar de calzar el conocimiento dentro de la metáfora de la propiedad nos deja sin la flexibilidad y los matices que un verdadero régimen de los derechos del conocimiento debería tener”, lo que es decir que otro tipo de leyes deberían ser aplicadas, leyes que intenten gobernar los intereses que se solapan sobre el conocimiento y las ideas, los intereses de los creadores, productores, inversionistas y usuarios, sin olvidar que, mientras los creadores poseen intereses legítimos sobre su trabajo y éste debe ser compensado, existe igualmente un derecho humano al conocimiento y a la cultura, que tiene un rol que jugar en esta discusión.

¿Qué remuneración?

La cuestión que siempre surge con el problema de la autoría y la cultura libre es el de cómo debería ganarse la vida el autor de una obra artística o cultural. Existen muchas discrepancias entorno a ello: desde las propuestas en las que que debe pagar la sociedad (a través de Gobiernos u organismos) por el aporte cultural, hasta las opiniones que dicen que se debe cambiar el modelo sociopolítico y facilitar que todo el mundo pueda crear y subsistir haciendo otros trabajos (o con una renta básica). Lo que está claro es que cada vez más la creación va a ser posible por más personas en diálogo horizontal e interconectadas… mientras tanto el modelo de negocio de la industria cultural tiene que ir cambiando, hasta desaparecer tal y como lo conocemos ahora. Y quizás también cambiar la idea de producto cultural, fetichizado como cosa (divina) y participar (como obligación ética) en las creaciones aportando recursos, difundiendo, transformando, y probando nuevas formas de financiamiento, como la del crowdfounding u otras.

Y por supuesto, con licencias libres, colaborativas y que reviertan en la sociedad. Amén.

 

@SurSiendo

 

 

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