La Autopista del Sur

Sursiendo hilos sueltos

Quizás alguna vez ya se hayan encontrado con este cuento de Julio Cortázar. Para nosotrxs releerlo fue volver a mirar hacia adentro. Fue inevitable además, recorrer algunas escenas de José Saramago en su Ceguera y rememorar alucinaciones y persecusiones provenientes del 1984, de George Orwell. Todos clásicos que nos invitan a acercarnos desde la “fantasía” a sentimientos humanos en los que tememos reconocernos.

Esta vez, un embotellamiento en la autopista del sur que llega a París es la excusa del autor para crear pequeñas comunidades en las que se pone en evidencia la necesidad que tenemos los unxs de los otrxs. Qué absurdo sería creer que este mundo que nos impone individualismo y competencia sería posible si realmente fuéramos así a cada instante.

Lo que en principio pareció ser uno de los atascos habituales, “ya se sabe que los domingos la autopista está íntegramente reservada a los que regresan a la capital” se convirtió en horas, días de espera.

Al final del primer día, todo era comunidad. Unxs a otros se ofrecen sus provisiones sin distinción. Son una comunidad, pero no se conocen. Cada quien sigue llamándose por el nombre de los coches que manejan, de las profesiones que profesan, de los acentos y las actitudes que realizan. Los grupos son creados con referencia a los coches cercanos. Se coordinan y organizan de acuerdo a las necesidades: agua, alimentos, enfermedades… muertes. Y mientras de forma natural se erigen líderes que protegen al grupo, llegan extranjeros que buscan aprovecharse de la situación para su beneficio. ¿Serán esas referencias a sí mismo, un Cortázar que nunca dejó de ser un extranjero en París?

Cada cosa de la vida diaria ahora es importante: la belleza de una mariposa sobre un parabrisas, los olores rancios de una pareja de ancianxs, los juegos y las miradas inquietas… Tejen complicidades, se perfilan estrategias. Lxs desconocidos ya no son todxs, sino sólo los de más allá. La desesperanza embarga a cada grupo, pero cada grupo se contiene a sí mismo. Referentes de un grupo conversando entre sí con la seguridad de que la situación era análoga en todas partes; sin embargo la solidaridad vuelve a brindarse sólo a quienes ahora ya son parte de la esa nueva vida del tráfico detenido, para lxs demás emerge la desconfianza.

Las provisiones se hacen comunes y se reparten entre quienes más lo necesitan. A cada quien según su necesidad… Alguien cae en la desesperación. Sus compañerxs corren hacia él. Lo traen a esta realidad que ahora viven. Las miserias, nuestras miserias florecen una y otra vez.

A nadie se le hubiera ocurrido asombrarse por la forma en que se obtenían las provisiones y el agua. Lo único que podía hacer Taunus era administrar los fondos comunes y tratar de sacar el mejor partido posible de algunos trueques. El Ford Mercury y un Porsche venían cada noche a traficar con las vituallas; Taunus y el ingeniero se encargaban de distribuirlas de acuerdo con el estado físico de cada uno.

La incertidumbre es quizás el sentimiento que brota a lo largo de todo el relato. Quizás como una ironía de la seguridad que nuestros pensamientos buscan como si fuera posible hallar al final de un arco iris. La duda despierta en vívidas descripciones de lo aterrador que puede ser el comportamiento humano en situaciones límites. La incertidumbre acompaña a los personajes también cuando por fin las filas comienzan a moverse. Se sienten perdidxs ante la nueva situación. Ya no se reconocen. Los grupos se separan. Las filas avanzan. Se detienen. Salen a la carrera nuevamente. Parece que el atasco ya se disolvió. Sí y es que todo sucedía en cualquier momento, sin horarios previsibles.

Esta nueva situación les regresa a sus vidas “normales” de no hablar con extraños, de no pensar en lxs demás, de atender sólo lo importante. Ya sólo desean comer, beber, bañarse y mirar fijamente hacia adelante…

 

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@SurSiendo

 

 

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